“El amor ya no entra por la cocina”.

En estos tiempos de tanto cambio ya los refranes de antaño no tienen la misma validez o sucede que no siempre se cumplen.

Desde que tengo uso de razón he venido escuchando “Que el amor entra por la cocina” por lo que, al menos en Cuba, todas las mujeres se esmeraban por ser buenas cocineras.

No sé si este refrán tan popular quizás hasta fue creado por un hombre para asegurarse un buen plato de comida en su mesa o data de los tiempos en que las mujeres al ser amas de casa solamente, dominaban a la perfección “el arte culinario”.

Actualmente he venido observando que ese dicho no es del todo cierto ya que he visto enamorados perfectos donde ella no cocina o no sabe cocinar. Otras son excelentes cocineras, pero no llega el amor que desean a su vida.

Me atrevo a pensar que Cupido ha tenido en cuenta el papel relevante que ha alcanzado la mujer en la sociedad y le ha restado importancia a la cocina para dársela a otras cosas. También puede tener influencia el que están de modas las dietas y ya no se come tanto como antes.

El caso es que el flechazo está beneficiando principalmente a las buenas amantes por lo que quizás el refrán de estos tiempos debería ser: “El amor entra por la alcoba”  y se sale a comer a la calle.

Lo perfecto sería que se conjugaran ambas cosas ya que son dos de los grandes placeres de la vida, pero mientras tanto les recomiendo a todas que, al lado de los libros de recetas de cocinas, coloquen el del Kamasutra o cualquier otro que ayude a perfeccionar “el arte del placer”.

Decepción

“Como rayo de luz perdida

así llegas a mi vida;

Cual frío aliento de  miedo

en noche fría.

Agradezco tu presencia

todos los días,

pues me enseñas a recuperar

 mi naturaleza perdida.

Nada mejor que haberte encontrado

para mostrarme lo que está dañado.

A partir de ti  caen todos los velos

tu eres la cura de mis anhelos;

Eres el principio de un nuevo comienzo

sin ataduras y sin tropiezos.

Gracias maestra del desengaño

por ti puedo recuperar mis años.

Te quiero siempre presente en los momentos

en que la duda mata mis intentos.

No te vayas Decepción de mi memoria

porque eres parte de mi historia.”

Visitantes ilustres en la Cueva de Bellamar (por Adrián Alvarez Chávez)

 A sólo un año del descubrimiento de la Cueva de Bellamar su dueño, don Manuel Santos Parga, comenzó -en 1862- la explotación turística del lugar. Desde su apertura y con el paso del tiempo fue visitada por personalidades de renombre universal.

En 1864 el príncipe Augusto de Arensberg, de Dinamarca, fue testigo de su majestuasidad. El 4 de marzo de 1872 la recorrió el príncipe o Alejo Alejandrovich y seis años después -el martes 5 de noviembre de 1878- descendió el capitán general de la Isla Arsenio Martínez Campos.

En 1887 se personaron allí el afamado torero Luis Mazzantini y la prestigiosa actriz francesa Sarah Bernhardt. Durante el sigo XX no escaparon a sus encantos, científicos como Carlos de la Torres, deportistas de la talla de Kid Chocolate y monarcas como el rey Leopoldo de Bélgica.

La Pasajera No Invitada

Como a todos los hombres, el mío está enamorado de su carro. Lo contempla como un niño a un juguete y lo fotografía como un padre a su bebé.

Pero un día lo sorprendió el descubrimiento de no sólo a él le gustaba el carro, sino también a un fantasma. Una foto que tomó mientras comíamos en un restaurante, reveló que el asiento del pasajero estaba ocupado por una mujer desconocida.

Estábamos  sentados en un restaurante de Hialeah Gardens y él contemplaba el Jeep parqueado precisamente en frente de la ventana. De pronto me dice que hay alguien dentro del carro,  saca el teléfono,  toma una foto y acto seguido sale  como un bólido a evitar que le roben o dañen su bebé. Para su sorpresa, en el auto no había nadie y comprobó que todas las puertas estaban cerradas y la alarma puesta.

Al regresar a la mesa revisa la foto porque estaba seguro de haber visto a alguien y yo no le creía  hasta que  al hacerle zoom, pude ver que en el asiento del pasajero estaba sentada una joven. Por supuesto le dije que yo no pensaba regresar a la casa en ese carro.

Pensando que pudiera ser el reflejo de una persona dentro del restaurante, miramos para todas direcciones y vimos solamente dos parejas que estaban sentadas bien distantes de nuestra ventana.

Al final de la cena pudo convencerme de que me montara en el Jeep, pero lo hice con la condición que viajar en el asiento trasero.

Cuando llegamos a la casa, sacó un pomo de agua bendita  y roció todo el carro por dentro y por fuera; pero ahora siempre que voy a montarme en él me vienen a la mente estas interrogantes:

-¿Quién será la pasajera?- ¿Viajará siempre en el carro -¿A dónde desea ir?-

La cartomántica

Mi papá me regaló unas barajas españolas y me enseñó a hacer solitarios. Cuando me fui a Panamá me las llevé conmigo, pero en ese momento no sabía que esas cartas iban a jugar un rol más importante en mi vida.

Buscando donde vivir, me recomendaron una casona de una panameña que rentaba habitaciones y allí tenía como vecinas a dos costureras que trabajaban en un pequeño taller.

La gente de Panamá es muy cordial y amistosa, por lo que mis vecinas, al verme sola y aburrida, enseguida me invitaron a conversar en su taller de costura. Un día me llevé las barajas conmigo a mi visita y ellas al verlas me preguntaron si yo sabía tirar las cartas. Para seguirles el juego, les dije que si y les leí a cada una lo que decían.

Asombradas, se miraban la una a la otra, porque todo lo que les comentaba era verdad y es que ellas no sabían que mis dotes de adivinadora venían de que la pared de mi habitación era la misma del taller y yo desde allí podía oír sus conversaciones sobre sus romances, familia, en fin, todo sobre lo que hablamos las mujeres.

Además de eso, le agregué un toque de mi propia fantasía e imaginación, para como en los horóscopos, decirles siempre cosas agradables y positivas que de verdad deseaba que pasaran en sus vidas.

Así comenzó mi aventura como cartomántica y me llamaban siempre para que les tirara las cartas a ellas y a sus clientas. Como me negaba a cobrarles, entonces ellas tampoco me querían cobrar a mi un arreglo o hechura de ropa.

Siempre pensé en revelarles mi truco antes de irme de Panamá, pero eran tan felices y se divertían tanto  en esos momentos que no me atreví a decepcionarlas.

A veces el universo se alinea para ponernos en situaciones que son aparentemente malas ya que no es agradable estar sola en un país extraño, pero a la vez esas mismas situaciones destapan la magia y la creatividad que todos llevamos dentro para convertirlas en posibilidades de relacionarnos con personas en las que podemos dejar un buen recuerdo.

Miremos siempre lo bueno de cada momento, la belleza del rayo en una oscura tormenta y compartámoslos con los otros viajeros que hacen junto a nosotros el camino de nuestra vida.

El Epitafio Elegante (por Adrián Alvarez Chávez)

Las inscripciones sobre sepulturas son conocidas en todo el mundo. Incluso, muchas han trascendido en el tiempo por su carga de enseñanza, simbolismo o lirismo. La del Señor Calixto Cabo, sepultado el 26 de Enero de 1938 en la necrópolis matancera de San Carlos, resulta muy peculiar:

” Un Padre Nuestro por mí

que reces te pido, hermano,

que más tarde

 o más temprano

tú has de venir aquí.

Como te ves yo me vi,

como me ves te verás;

todo para en esto aquí,

piénsalo y no pecarás.”

Historia De Familia (Por Clara Emma Chávez Alvarez)

Entre las familias matanceras de los años de 1950 era habitual asustar a los niños con el hombre del saco, el diablito que se llevaba a los pequeños y toda una serie de fantasías, en su mayoría asociadas a los hombres y mujeres afrodescendientes. La casa de mi tía Banda no era una excepción. Desde que anochecía nos prohibían asomarnos a las puertas y ventanas no resguardadas por rejas, y por lógica de época miraban con recelo el que compartiéramos con pequeños de otros colores de piel. Los días de las fiestas de San Juan, eran los más temidos por el derroche de música de tambor y capuchas que recorrían las calles.

Para ser justos con la historia, la ciudad de Matanzas no olvidaba el crimen de la niña Cecilia, blanca y rubia, desaparecida en un descuido de la madre, en los años 20 de dicho siglo. El horror atribuido a la santería afrocubana despertó en la población citadina una verdadera cacería, que condujo a escenas de violencia y muertes injustificadas. La voz popular tejió leyendas sobre ofrendas de sangre y de órganos, aunque la verdad nunca pudo ser comprobada; incluso fue bastante desacertado el criterio sobre un ritual de sacrificio humano, no característico entre esas etnias religiosas. Pero, la saga aún se mantenía en la memoria urbana.

En cambio, como los niños son como son, en la escuela primaria teníamos buenos amigos entre los considerados distintos a nosotros. Un buen día mi prima Juanita se enfermó y vino la debacle. Esa tarde llegaron a su casa varias de sus amiguitas negras, preocupadas por la ausencia a clases de su condiscípula.

Terminada la visita la tía ajustó cuentas con la desobediente hija y cuestionó el colegio. Con cierta nostalgia la prima fue trasladada a otra escuela, también pública, pero un tanto más selectiva. Sin embargo, poco después la madre recibió varias quejas. Primero porque al preguntarle qué era una africana, respondió que era un bizcocho envuelto en chocolate y después, al explicar el porqué su colección de muñecas no tenía negritas, argumentó que ellas se comían a las blanquitas.

Por ello pensamos, que los recelos entre los hombres son tan inhumanos como injustos, mucho más si esos perjuicios se alimentan ante los pequeños, cuando aún no son capaces de discernir por sí solos y tienden a repetir los patrones de los mayores.

Hoy recordamos esta y otras historias de antaño que no se avienen con nuestros criterios actuales, pero la lección no pierde vigencia: delante de los niños no podemos hacer ni hablar lo que no nos gustaría que ellos representen en la adultez.

Situaciones Confusas


Estoy segura de que a todos nos han ocurrido alguna vez situaciones extrañas o confusas que al recordarlas nos parecen increíbles; pero aunque parezcan como si hubieran sido sacadas de una película, realmente sucedieron.

Visitando Sarasota, estaba mi esposo en un restaurante esperando la orden de comida que habíamos pedido mientras mi hijo y yo escogíamos una mesa. Se le acerca una americana y le dice:

- Estoy lista, vámonos-

El se quedó asombrado y le contestó que seguro lo confundía con alguien, pero ella estaba muy segura de que era la persona que andaba buscando y seguía insistiendo. No parecía estar borracha ni nada por el estilo. Para colmo, el muy descarado me dice que me salvé que estaba allí porque si no, hubiera aprovechado la confusión para irse con la “rubia peligrosa”.

Una vez estando en el Winn Dixie, en una línea estaba mi esposo y un empleado arreglando la mercancía. Yo paso por el pasillo y lo llamo y me sorprendió ver que en vez de venir él hacia mi, el que respondió a mi llamado fue el empleado. Cuando el Sr. se acerca observo que tiene un tag con su nombre: “José” y me doy cuenta de que los dos se llaman igual.

Lo mejor de todo fue que antes de que le pudiera explicarle la confusión, me saluda y se pone a conversar conmigo como si me conociera de toda la vida. Yo me quedé tan sorprendida por su familiaridad que me dió pena sacarlo de su error y le seguí la corriente.

Encontré en Twitter una frase que me dio mucha gracia:”Hay 3 cosas en la vida que no se deben romper: un corazón, una promesa y un condom”. Decidí compartirla con mis amigas y se las envié en un mensaje de texto. A una de ellas le llegó solamente esta parte: “Hay 3 cosas en la vida que no se deben romper: un corazón, una pro” …

Lo asombroso de esta historia es que dos días mas tardes y a las 3 de la madrugada le llega la parte que faltaba: “mesa y un condom”. Como diríamos en Cuba: “increíble, pero cierto”.

En Panamá vivía rentada en una habitación de una casa donde los dueños no permitían beber. Un día, otro de los inquilinos al verme de salida, me pide el favor de que me deshaga en el basurero de la calle de una botellita de aguardiente. Guardo la botella en mi cartera y no me acuerdo más de ella hasta que llego al banco y el guardia de seguridad me revisa. Al notar algo duro en la cartera me pide que saque el objeto en cuestión; en ese momento hubiera querido que la tierra me tragara, pero lo peor de todo fue tener que aguantar la miradita de picardia del guardia mientras sentía que me ardía la cara de verguenza.

Un día en el trabajo estaba mi amigo Walner limpiando el teléfono de su escritorio y sin darse cuenta aprieta el botón del altavoz. De pronto se escucha en toda la oficina que le dice a una compañera de trabajo:

-Te dije que no te quería ver más con ese hombre-

Entre risas tratábamos de avisarle, pero el estaba tan concentrado en lo que estaba haciendo que sólo se dio cuenta de que estaba abierto el speaker cuando el mismísimo dueño de la compañía vino a ver que pasaba.

Como dicen los americanos: “life is full of weird situations” por eso los invito a que me escriban y compartan en la marea alguna anécdota donde se hayan visto envueltos en este tipo de situaciones.

“Las Apariencias Engañan.” (Por Clara Emma Chávez Alvarez)

Hace algunos años, cuando estudiaba Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana, frecuentemente nos reuníamos los más allegados, los sábados por la tarde. No eran fiestas en su concepto universal, hablábamos de los últimos estrenos en los cines de la capital, de los resultados en los trabajos de control, en torno a las incidencias en nuestra escuela, de música, de los planes para el futuro de posgraduados. Ni pensar en compartir bebidas, cuando más terminábamos en Copellia comiendo helado, o en la acera del frente, degustando discos de queso, todo barato. De ese modo tan simple ─pensará alguien─ éramos felices y disfrutábamos de la juventud.

Para esos encuentros tratábamos de vestirnos mejor. Los que vivían cerca de la Colina, iban a sus casas para almorzar, asearse y cambiar de ropa; pero yo residía en la Virgen del Camino, ni pensar en trasladarme de ida y vuelta para esas ocasiones.

Por lo general, en tales circunstancias me iba para la casa de mi cuñada, una artista de la fotografía y su iluminación, a quien le gustaba maquillarme, yo no era buena en esas mañas. Además, me prestaba su ropa para que mejorara mi atuendo. El cambio trascurría ante los curiosos ojos de mi pequeña sobrina. Y así, yo acudía a la cita renovada y reluciente.

Pero aquel sábado de mi remembranza, en mi casa teníamos de visita a una de mis tías de Matanzas, la que, lógicamente, me vio salir con una facha de “diario” y regresar vestida de “fiesta”. Desde aquel momento acuñó que yo andaba en “malos pasos”, o sea, que le estaba siendo infiel a mi marido. Pasados los años mi madre me contó las sospechas de su hermana sobre mi comportamiento. Ya era tarde para sacarla de su error porque había muerto, sin embargo estoy segura que no la hubiera convencido, pues era muy conservadora y lo que se llama “chapada a la antigua”. Incluso siempre opinó que una mujer casada y con hijo, como yo, no debía estudiar.

Nada, le recomiendo que no se deje llevar por las apariencias, pues estas suelen engañar.

Lo que no se pudieron llevar a China.

Hace 16 años trabajé en una electrónica de Hialeah. Allí fue donde empezó mi vicio de café cubano; eran los tiempos en que dejaban fumar dentro de los trabajos y a cada rato “colaban” y pasaban ofreciendo, también allí aprendí a prepararlo con “espuma”.

Se ganaba el mínimo ($4.25) pero se pasaba muy bien, ya que el grupo con que me tocó trabajar era gente muy buena y con mucho sentido del humor. Nada que ver con los miedos que en Cuba te metían en la cabeza sobre el capitalismo cruel de las fábricas y la gente capaz de hacerte papilla como pandilleros de cárceles.

La jornada de 8 horas transcurría entre risas y algunas veces lágrimas por problemas que siempre se presentan en la vida. Pero como en un Talk Show de TV, lo tratábamos de resolver entre todas y principalmente: apoyar y darle mucho ánimo a la afligida.

Compartimos por mucho tiempo momentos de nuestras vidas. Recuerdo cuando estuvieron en mi boda, en mi baby shower y en el hospital cuando nació mi hijo.

Un día le llegó el turno a esa fábrica de irse para China, comenzó a disminuir el trabajo y como resultado nos golpeó el lay off. En aquellos años se encontraba rápido y fácil otro empleo, pero la separación de los amigos siempre duele.

Mantuvimos el contacto a través de los años con la esperanza de volvernos a reunir; por fin ese día llegó y lo mejor de todo fue que volvimos a reír a carcajadas igual que como lo hacíamos hace 16 años.

Ante la emoción y la alegría de verme rodeada otra vez por esas personas tan queridas, me detuve un momento a observar bien sus caras de júbilo, traté de detener el tiempo para disfrutar al máximo de su compañía, pero sobre todo agradecí a Dios porque nada de eso se lo pudieron llevar a China.

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